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Es viernes, son las 8 de la tarde y te diriges a recoger a tu hijo de 9 años de la fiesta de cumpleaños de un compañero de clase. Aparcas, llamas al timbre, te abren la puerta y… OH, DIOS MIO!!  Aparece ante ti la misma espeluznante pero familiar imagen cada vez que recoges a tu hijo de un cumpleaños: niños gritando a todo pulmón, rebotando de pared a pared, con sus caras sudorosas y desencajadas…

Y el mismo pensamiento de otras ocasiones similares vuelve a tu mente: ¿pero, cómo me lo llevo yo ahora a casa????

Intentas negociar con tu retoño, sujetándolo mientras intenta volver a la vorágine de la que lo has apartado con gran esfuerzo, explicándole que la fiesta ha terminado y que tenéis que marcharos a casa. Con cariño e intentando no enfadarte por su comportamiento obstinado y airado lo subes al coche y le pides por favor que se ponga el cinturón y que deje de gritar.

Llegáis a casa en 15 minutos y cuando te das la vuelta… ves que se ha dormido!! Le espabilas como puedes, subís a casa y empieza el segundo asalto: hora del baño! Negativas, lloros, enfados y por fin acaba en la cama entre sus sollozos y tus nervios…

¿Te suena esta escena? Seguro que sí. Pero vamos a rebobinar y volvamos al momento en el que dejamos a nuestro pequeño en casa del cumpleañero. 

¿Qué había en la mesa para merendar?

  • Sandwiches de pan blanco con crema de cacao…
  • Bocadillos de pan refinado con embutidos o patés…
  • Papas, nachos, gusanitos, galletitas saladas…
  • Cupcakes de mil colores y con todo tipo de coberturas azucaradas…
  • Refrescos que suponen hasta 6 terrones de azúcar por cada vaso que toman…
  • Y por supuesto acaba el festín con un gran pedazo de tarta de chocolate con su cobertura de azúcar glass tan de moda…

Por si no fuera bastante todo esto, en la puerta, al despedir a tu hijo, le obsequian con un paquete de chucherías que cada año aumenta de tamaño.

Y tu quieres  que cuando vas a buscarlo se comporte de forma educada como le has enseñado; que se siente en el coche relajado y contento; que te cuente cómo se lo ha pasado;  y cuando llegue a casa se duche diligentemente y se vaya a dormir sin protestar, con una sonrisa y un beso de buenas noches…

Después de ingerir semejante cantidad de hidratos de carbono refinados en forma de pan blanco, patatas fritas y snacks varios y la enorme cantidad de azúcar de los refrescos, la tarta y las chuches, nuestro hijo tiene  tal cantidad de azúcar dando vueltas en su torrente sanguíneo que es imposible que ni siquiera pueda pensar con claridad. Su diminuto cuerpo y su sistema de control de glucosa, aún en desarrollo, es incapaz de equilibrar semejante desaguisado.

Para cuando llegas a casa, todo ese exceso de glucosa en su sangre ha caído de forma abrupta, dejándolo sin energía, sin concentración y de muy mal humor. Y nosotros exigiéndole que se comporte, se duche o peor aun, que termine los deberes!

Es imposible para ellos manejar con éxito semejante situación, y muy difícil para nosotros capear el temporal a esas horas del día, con el cansancio acumulado de toda la jornada laboral.

¿Cómo es  posible que, con todo lo que sabemos acerca del azúcar y de las consecuencias que conlleva su consumo, sigamos organizando este tipo de fiestas para celebrar los cumpleaños de nuestros hijos?

Sabemos que el azúcar y los refinados provocan una subida excesiva de glucosa en nuestra sangre, dañando nuestros vasos sanguíneos y obligando a nuestro páncreas a secretar una cantidad de insulina desmesurada que tampoco conviene a nuestro organismo. 

Sabemos también que lo que rápido sube rápido baja, y así le sucede a nuestra glucosa: al poco tiempo de semejante subida, cae en picado llevándose nuestra energía, nuestra concentración, nuestro buen humor y nuestra capacidad de atención, dificultando el proceso de aprendizaje y retención.

Y esta situación, sostenida en el tiempo, sienta las bases de una diabetes tipo II, que si bien antaño sólo detectábamos en personas adultas, mayores de 40 años, frutos de los malos hábitos alimenticios de toda una vida, hoy la vemos ya en adolescentes e incluso niños.

Debemos empezar a pensar en celebrar de una forma más saludable que no perjudique la salud de nuestros hijos en una época tan importante y determinante en sus vidas, ya que están en pleno crecimiento y cualquier desequilibrio tiene una gran repercusión en ellos

Para aquellos de vosotros que estéis pensando “¡pero si son sólo niños y siempre hemos celebrado así!”, os dejo las siguientes preguntas para reflexionar:

– ¿Era nuestra dieta tan alta en azúcares como lo es la de nuestros hijos? 

– ¿Era nuestra infancia lo sedentaria que es la de ellos? 

– ¿Celebrábamos tantos cumples y con tanta comida poco recomendable?

– ¿Comíamos tantos procesados como lo hacen ellos?

– ¿Bebíamos tantos refrescos azucarados y zumos industriales?

En el próximo post veremos cómo podemos celebrar un cumpleaños más saludable y al mismo tiempo apetitoso y divertido 😉